EE.UU. homenajea a sus veteranos, en especial a testimonios que se extinguen

Jairo Mejía

Washington, 10 nov (EFE).- Estados Unidos homenajea mañana a sus más de 22 millones de veteranos de guerra, con especial atención al cada vez menor número de combatientes de la II Guerra Mundial, testigos de un conflicto que cambio la historia de la humanidad.

Como cada año desde el fin de la I Guerra Mundial, el día 11 del mes 11 sirve para rendir homenaje a todos aquellos que sirvieron en las Fuerzas Armadas, en esta ocasión desde la II Guerra Mundial, pasando por la Guerra de Corea o Vietnam, hasta Irak o Afganistán.

Hoy, apenas quedan un millón de ex combatientes estadounidenses de la II Guerra Mundial, un conflicto que entre 1939 y 1945 se extendió por los cinco continentes y cuyas historias sobre el heroísmo y la crueldad del conflicto se están extinguiendo con el tiempo.

La mayoría de aquellos que ayudaron a liberar Francia del control Nazi u ocuparon una a una las islas del Pacífico hasta la rendición japonesa cuenta ahora con entre 80 y 90 años, y pese a los achaques de la edad siguen dando testimonio de sus vivencias.

Cada año son menos los que acuden a las reuniones anuales con compañeros de su unidad y los octogenarios veteranos ya solo pueden atender a presentar honores al monumento de la II Guerra Mundial en Washington en silla de ruedas.

Este fin de semana varios cientos de personas se dieron cita en el Museo Nacional de las Fuerzas Aéreas estadounidenses en Ohio para escuchar y homenajear a tres de los cuatro participantes vivos de una de las mayores hazañas de la campaña estadounidense del Pacífico: la incursión Doolittle.

Richard Cole, de 98 años, Edward Saylor, de 93 y David Thatcher, 92, decidieron que este año será el último en el que escenifican su brindis a la salud del grupo de 80 aviadores, encabezados por el teniente general James Doolittle, que consiguió atacar por primera vez tras Pearl Harbour territorio japonés.

El 18 de abril de 1942, 16 bombarderos de medio alcance B-25 despegaron desde un portaaviones en el Pacífico para realizar una misión que nunca antes se había intentado y que tenía como objetivo servir de represalia al ataque cuatro meses antes en Pearl Harbour.

El plan era volar a ras de las olas para bombardear por sorpresa Tokio, Yokohama, Osaka o Kobe y seguir hasta un aeródromo en territorio chino fuera del control japonés, donde se reagruparían y conseguirían escapar.

No obstante, al ser avistados por barcos japoneses, Doolittle se vio obligado a lanzar el ataque más lejos de lo previsto, lo que le hizo temer en que su misión suicida acabara en consejo de guerra y provocó que finalmente la mayoría de los tripulantes tuvieran que saltar en paracaídas sobre territorio chino una vez agotado todo el combustible.

Uno de los bombarderos acabó estrellado en el mar y otro tuvo que buscar tierra en territorio de la Unión Soviética, donde los tripulantes fueron hechos prisioneros.

Ocho miembros del escuadrón fueron capturados por los japoneses y tres de ellos ejecutados y aunque la mayoría consiguió volver a Estados Unidos, decenas de miles de chinos fallecieron en un campaña para dar con los aviadores de Doolittle.

El ataque no provocó serios daños en objetivos japoneses, pero consiguió una gran victoria anímica que marcó un antes y un después en la guerra contra Japón.

Como en el caso de los participantes de la incursión Doolittle, otras muchas unidades celebrarán este año homenajes y reuniones con cada vez menor número de "hermanos de armas" y sus interminables anécdotas no podrán ser escuchadas ya de viva voz. EFE